DESDE EL ALCÁZAR ULISES MIRA LAS SIRENAS ¿A qué loco no lo atan? Bien hacéis. Escila hermosa, suave Caribdis, sagradas sirenas del negro golfo, altos montes de Trinacria: decid a voces que Ulises, dándole el viento sus alas, entre Caribdis y Escila, atado y vendado escapa de vuestros riesgos, porque le quede al mundo enseñanza, que así se huyen los extremos, de la hermosura y la gracia. Pedro Calderón de la Barca A la familia del tío Pepe Beutelspacher, dueños hace más de un siglo del alcázar de estilo inglés, frente al puerto de Salina Cruz, Oaxaca, en el Océano Pacìfico. Desde el alcázar hecho en el remate de la estribación de uno de los cerros, a unos tres mil metros del mar distante, y a varios de ellos sobre el terraplén de la calle a esta hora desierta, un zureo de palomas despierta el trajín de la ciudad. Clap, clap, clap, clap, lanzan su vuelo en picada como una bandada de pañuelos muertos. A babor, casi a un tiro de piedra de nuestra almadía mecida apenas por una tenue racha de aire fresco, como pedazos de un carbón lustroso beben los zanates la luz del día. Leva anclas la mirada entre tanto revuelo de alas. Mogotes de plumas llenan el pentagrama de los techos de láminas de zinc. Currucutú, clap, clap, clap, clap: ahora, desde las tejas ocre-malvas de los techos contiguos de la casa que data más de un siglo. En la suave piragua, a sotavento, que es la hamaca en que hemos dormido, cautiva todavía ver la luna colgada como una medalla antigua, como un fruto del árbol prohibido de los sueños, pálida en el cielo de esta mañana ambigua que comienza. En la prosodia de este poema escrito entre las hojas de un cuaderno que sólo puede hojearse cara al viento, desde el alcázar donde Ulises mide el lontanar esta mañana insomne, vahída y rasante, también se atreve la mirada lanzarse al vuelo sobre el caserío que avanza hacia el mar. Aquí, desde el escarpe arrebatado a una de las laderas del cerro, desde este lápiz semejante a un mástil que cabecea en intrincadas olas, canoras sirenas laudan: ¡Thalassa! ¡Thalassa!, que en este verso relumbra como un gran animal azul dormido. Antonio Leal, 22 de junio del 2006.
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